“Mujeres Constructoras de Alternativas”: cuando el apoyo económico también abre espacios para volver a empezar.
Durante 26 años, Flor Elizabeth Mejía Ramírez trabajó con la misma máquina semiindustrial para confeccionar la ropa que vende en su puesto en el mercado Municipal de Ciudad Delgado, San Salvador. La herramienta envejeció mientras su emprendimiento seguía adelante. Ella continuó comprando materiales, fabricando las prendas y vendiéndolas, muchas veces desde su casa, porque el espacio que tiene en el mercado no es suficiente para producir todo lo que necesita.
Hasta que recibió una máquina industrial.
Para Flor, no se trató únicamente de cambiar un equipo por otro. Después de más de dos décadas de trabajo, por primera vez tenía una herramienta que no había podido comprar por sus propios medios.
“Realmente fue una bendición haber llegado a esta institución”, dice al recordar cómo conoció a Asociación CINDE (Centros Infantiles de Desarrollo).
Su nueva máquina le permite elaborar las prendas con mayor rapidez. Pero su historia con la institución también está relacionada con una dificultad que ha acompañado a muchos pequeños negocios: conseguir financiamiento sin terminar atrapada en deudas. Flor recuerda que en una ocasión tuvo que recurrir a un prestamista que cobraba intereses muy altos. Aquella experiencia, cuenta, terminó por hundirla económicamente.

Con CINDE encontró una alternativa distinta. Pudo acceder a financiamiento y, al mismo tiempo, comenzar un proceso de ahorro.
“Me dejaron prestar y ahorrar a la misma vez, y eso ha sido una gran ayuda”, cuenta.
El acompañamiento también incluyó talleres de emprendimiento, educación financiera, atención al cliente, manejo de ganancias y salud mental. Esta última parte tuvo un significado particular para ella.
“A veces mi ánimo estaba bajo”, recuerda.
Durante años, Flor había concentrado buena parte de su tiempo en trabajar. Ahora asegura que comenzó a sentirse más valorada como mujer y que incluso encontró un espacio para dedicarse tiempo a sí misma.
Una de sus decisiones ha sido reservar un día para ella. Es un detalle sencillo, pero para alguien acostumbrada a poner el trabajo y las responsabilidades por delante, representa un cambio en su rutina. Flor no ha faltado a las reuniones del proyecto. Dice que le gusta lo que aprende y el acompañamiento que recibe. Para ella, CINDE dejó de ser solamente una institución a la que acudió en busca de apoyo para su negocio.

Es también un espacio donde encontró herramientas para continuar trabajando y donde comenzó a considerar sus propias necesidades. Su experiencia forma parte de “Mujeres Constructoras de Alternativas”, un proyecto ejecutado por CINDE que busca beneficiar a 250 mujeres del sector informal de Mejicanos, Ayutuxtepeque, Ciudad Delgado y Soyapango.
Pero la historia de Flor es apenas una parte de una realidad más amplia. Detrás de esos emprendimientos hay mujeres que, además de trabajar, sostienen hogares, cuidan a sus familias y enfrentan responsabilidades que pocas veces aparecen en las cifras de la economía informal.
Mujeres que sostienen más que un negocio
Karla Ivette Aguirre de Rivera, coordinadora del proyecto en CINDE, explica que detrás de cada emprendimiento existe una realidad que va más allá de generar ingresos.
Muchas de las mujeres que trabajan en los mercados tienen bajo su responsabilidad a sus hijos, otros familiares y, en algunos casos, a personas adultas mayores.
“La mayoría tiene que proveer el sustento económico y alimenticio, pero también lleva toda la carga emocional y el cuidado de los hijos”, explica.

Esa combinación de responsabilidades hace que el trabajo y la vida familiar estén estrechamente relacionados.
CINDE comenzó su labor en 1989 enfocada en la primera infancia. La organización creó dos centros para atender a los hijos de mujeres que trabajaban en los mercados de Soyapango y Mejicanos.
Cinco años después, en 1994, la institución comenzó a trabajar directamente con las madres, después de identificar que ellas también enfrentaban necesidades económicas y emocionales.
Con el paso de los años se incorporaron los créditos a bajo interés y los espacios de acompañamiento emocional. En 2023 se sumó la formación en administración y manejo de negocios.
El proyecto actual reúne varias de esas áreas: financiamiento y ahorro, capacitación técnica y administrativa, salud mental, autoestima, prevención de violencia, resolución de conflictos, cultura de paz y autocuidado.

En 2025, el respaldo de Fundación Gloria Kriete, a través del programa Ayudando a Quienes Ayudan, quienes le otorgaron en 2024 a CINDE, el primer lugar y cien mil dólares de fondos, permitió fortalecer el componente financiero de la iniciativa. Esto hizo posible trabajar con microcréditos, ahorro, capacitación, insumos y equipamiento para las participantes.
Pero Aguirre señala que uno de los principales retos no está solamente en llevar los recursos hasta las mujeres. También está en convencerlas de que necesitan reservar tiempo para ellas mismas.
“Uno de los mayores retos es cultivar en ellas la importancia del autocuidado”, afirma.
Son mujeres acostumbradas a cumplir diferentes funciones durante el día. Trabajan, generan ingresos, cuidan a sus hijos y atienden a sus familias. En ese contexto, hablar de salud mental o dedicar tiempo al autocuidado puede quedar relegado.
Por eso, los talleres y actividades que desarrolla CINDE buscan que las participantes también reconozcan esa necesidad.
Para Aguirre, que las mujeres comiencen a asistir a estos espacios y a identificar la importancia de cuidarse es parte de los resultados del proyecto.

El impacto, en ese sentido, no se limita al crecimiento de un negocio.
Catherine todavía esperaba el crédito
Catherine Beatriz Rivera López es cosmetóloga y lleva siete años con su pequeño negocio, quién al igual que Flor tiene su local en el mercado de Ciudad Delgado. Conoció CINDE por medio de una compañera y se incorporó al proyecto en enero.
A diferencia de Flor, cuando fue entrevistada todavía no había recibido el crédito.
Su proceso se encontraba en la etapa de ahorro y esperaba comenzar posteriormente con el financiamiento, ya que el programa trabaja por etapas.

Sin embargo, cuando habla de lo que ha significado CINDE para ella, el dinero no es lo primero que menciona.
“Esto me ha cambiado la vida”, afirma.
Catherine ha participado en sesiones de salud mental, educación financiera y clases de perfumería. También ha aprendido sobre ahorro y administración, conocimientos que asegura que ahora aplica en su negocio.
El proyecto le ha permitido, además, compartir con otras mujeres y formar parte de un grupo nuevo para ella.
Ahí aparece otra parte de su historia.
Catherine cuenta que antes de incorporarse había atravesado momentos de depresión y ansiedad. En ese contexto, participar en las actividades y relacionarse con otras mujeres significó un apoyo.
Todavía no había recibido el crédito.
Pero ya encontraba valor en el proceso.
“Son un amor”, dice al referirse a las personas con las que comparte dentro del proyecto.
Le gusta asistir a las actividades y asegura que incluso llega a extrañar las reuniones.

Su experiencia permite observar una característica del modelo de CINDE: el acompañamiento comienza antes de que el financiamiento llegue a las manos de las participantes.
En su caso, el ahorro, las capacitaciones y los espacios de encuentro ya habían generado cambios que ella podía identificar.
Catherine llegó buscando herramientas para fortalecer su negocio. En el camino encontró también un espacio para compartir con otras mujeres.
Una apuesta por las mujeres y sus familias
Juana Jule, directora ejecutiva de Fundación Gloria Kriete, explica que el respaldo a CINDE tuvo como antecedente el trabajo que la organización ya había realizado con la fundación.

CINDE había recibido anteriormente fondos no reembolsables, por lo que la institución conocía su capacidad técnica y financiera.
Cuando CINDE presentó su propuesta para trabajar con mujeres de los mercados mediante créditos blandos y acompañamiento, encontró coincidencia con el propósito de la fundación de proporcionar herramientas para que las personas y organizaciones puedan desarrollar sus objetivos.
Jule considera que apoyar económicamente a una mujer cabeza de hogar puede tener efectos que van más allá de su propio negocio.
“Ayudar a una mujer cabeza de hogar con un crédito puede hacer la diferencia entre tener independencia económica, tener solvencia y mejorar la calidad de vida de su familia”, señala.
El razonamiento parte de una realidad familiar: los ingresos de una mujer pueden sostener a varias personas.
“Si una familia tiene cinco miembros, estamos invirtiendo en una mujer, pero estamos impactando por lo menos a cinco personas”, afirma.
A través de Ayudando a Quienes Ayudan, Fundación Gloria Kriete otorgó el respaldo con el que CINDE fortaleció este proyecto. La organización obtuvo el primer lugar del programa.
Karla Aguirre estuvo presente en el evento de premiación de 2024. Recuerda que CINDE fue la última organización anunciada y que finalmente obtuvo el primer lugar.
Para la institución, el reconocimiento significó la posibilidad de trabajar con 250 mujeres de Mejicanos, Ayutuxtepeque, Ciudad Delgado y Soyapango.

El apoyo permitiría fortalecer sus negocios mediante financiamiento, ahorro, capacitación, insumos y equipamiento, pero también mantener los espacios de formación y acompañamiento que forman parte del proyecto.
Cuando el impacto no se mide solo en dinero
La historia de Flor permite identificar algunos de los cambios más visibles.
Después de 26 años trabajando con la misma máquina, ahora cuenta con un equipo industrial que le permite producir con mayor rapidez. También tiene conocimientos adquiridos en los talleres y una alternativa de financiamiento que le permitió alejarse de los préstamos con intereses elevados.
Pero hay otro cambio que ella misma reconoce: ahora se reserva un día para sí misma.

La historia de Catherine es diferente.
Cuando habló sobre su experiencia, todavía esperaba recibir el crédito. Apenas comenzaba el proceso de ahorro y financiamiento.
Aun así, ya decía que CINDE le había cambiado la vida.
Había llegado por su negocio, pero también encontró un grupo con el que podía compartir y un espacio que, según cuenta, llegó a extrañar.

Las dos historias ocurren en momentos distintos del mismo proyecto.
Flor muestra el efecto concreto que puede tener una herramienta después de años de trabajo. Catherine muestra que el acompañamiento puede generar un impacto incluso antes de que llegue el financiamiento.
En ambas aparece una realidad que suele quedar fuera de las cifras de un programa: estas mujeres no solo necesitan capital para sus negocios.
También necesitan aprender a administrar sus ingresos, ahorrar, adquirir nuevas habilidades y encontrar espacios donde puedan hablar de aquello que normalmente queda al final de la lista de prioridades.
Durante años, Flor tuvo poco tiempo para sí misma. Hoy dice que aparta un día para ella.
Catherine llegó a un grupo de mujeres que no conocía. Ahora dice que extraña las reuniones.
Son cambios diferentes, pero ambos hablan de una misma necesidad: que quienes sostienen a sus familias también tengan herramientas para sostenerse a sí mismas.
Una máquina industrial puede registrarse. También pueden contabilizarse los créditos, los ahorros, las capacitaciones y los equipos entregados.
Lo más difícil de medir ocurre en otro lugar.

Está en la mujer que deja de recurrir a un préstamo con intereses que no puede sostener. En la emprendedora que aprende a manejar mejor las ganancias de su negocio. En quien descubre que puede reservar tiempo para sí misma. Y también en quien, antes de recibir un crédito, encuentra un grupo al que quiere regresar.
Flor volvió a trabajar con una máquina que le permite producir más rápido.
Catherine todavía esperaba la suya en forma de crédito.
Pero ambas encontraron algo que no estaba necesariamente en la primera razón por la que llegaron a CINDE: una oportunidad para avanzar acompañadas.
Ese es el punto donde “Mujeres Constructoras de Alternativas” deja de ser solamente un proyecto de apoyo al emprendimiento.
Se convierte en la historia de mujeres que durante años han sostenido negocios, hogares y familias y que ahora están recibiendo herramientas para fortalecer sus ingresos, pero también para reconocer que sus propias necesidades forman parte de la ecuación.

Flor lo resume con una acción pequeña: apartar un día para ella.
Catherine lo expresa desde otro lugar: querer regresar a un espacio que, al principio, era desconocido.
Tal vez allí esté una de las formas más concretas de entender el impacto.
No solo en lo que una mujer puede producir después de recibir una máquina. No solo en lo que consigue después de un crédito. También en lo que ocurre cuando empieza a entender que pedir apoyo no significa haber fracasado y que cuidarse no significa dejar de cuidar a los demás. Porque sostener un hogar también tiene un precio. Y para algunas de estas mujeres, la oportunidad de cambiar su historia comenzó cuando alguien decidió que ellas también merecían las herramientas para sostenerse a sí mismas.






