Los ataques a infraestructuras petrolíferas en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán favorece la aparición de lluvia ácida, una «aberración ambiental» con consecuencias sobre el medioambiente, la salud y la alimentación de las personas, afirma Greenpeace.
«Le han llamado la guerra de las refinerías, dado que es una zona donde la infraestructura de combustibles fósiles está siendo directamente objetivo de la guerra», sostiene Francisco del Pozo Campos, responsable de Combustibles Fósiles y Nucleares de Greenpeace; y son precisamente esos ataques los que favorecen la aparición de la lluvia ácida.
La lluvia ácida «está ligada a la quema de carbón y de combustibles no refinados o poco refinados», explica el experto.
Durante su combustión se libera azufre que, al unirse al nitrógeno presente en la atmósfera, «genera óxidos de azufre (SOx) y óxido de nitrógeno (NOx)»; a su vez, estos óxidos «se mezclan» con las gotas de agua en suspensión presentes en las nubes, generando «ácido sulfúrico y ácido nítrico», que cae a la tierra en forma de lluvia ácida.
El problema de los ataques a refinerías es que el crudo que contienen «no está refinado, no se le ha quitado ese azufre», continúa Del Pozo Campos, provocando una combustión espontánea «que genera un montón de óxidos de azufre y óxidos de nitrógeno, más hollines y partículas aceitosas».
Y lo que se ve en las zonas de guerra, «especialmente en los últimos cuatro o cinco años, es una gran cantidad de estos ataques, uno tras otro, incluso sobre la misma instalación», dice Eoghan Darbyshire, investigador en el Observatorio de Conflicto y Medioambiente (CEOBS).
Según Bloomberg, solo en los países del Golfo Pérsico, al menos una decena de refinerías habían sido atacadas entre febrero y abril, además de oleoductos e infraestructuras de gas.
