Por muchos años las disputas sobre denominaciones en el mapa han encendido pasiones nacionalistas en diferentes partes del globo, algo que los líderes políticos estadounidenses han observado con cautela, marcando distancia o animando discretamente a la paz.

Pero súbitamente, Estados Unidos pasó de árbitro reticente a guerrero de las nomenclaturas, con la declaración del presidente Donald Trump a favor de que el Golfo de México se llame ahora «Golfo de América».

En una orden ejecutiva poco después de su investidura el lunes, Trump dijo que ese cuerpo de agua es «parte indeleble» de Estados Unidos, clave para la producción de petróleo y la pesca así como «un destino favorito del turismo estadounidense y actividades de recreación».

El ecologista del océano profundo Andrew Thaler consideró como «muy tonta» esa declaración de Trump y estimó que probablemente será ignorada por los profesionales del ámbito marítimo.

Un presidente tiene autoridad para cambiar los nombres de lugares dentro del territorio de Estados Unidos, como lo hizo Trump.

«Pero el Golfo de México es un cuerpo de aguas que limita con varios países e incluye zonas en altamar» explicó Thaler, fundador de la consultora medioambiental Blackbeard Biologic Science and Environmental Advisors.

«Realmente no existe ningún precedente de que un presidente de Estados Unidos renombre sitios oceanográficos y geológicos internacionales. Cualquier intento de renombrar la totalidad del Golfo de México sería simbólico», indicó.

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